La pandemia del COVID 19 como acontecimiento mundial que ha amenazado la estabilidad de la vida humana y el equilibrio natural, pone de relieve los instintos básicos de supervivencia, llevando a la persona a asumir unas formas de “cuidados” o medidas de protección, que de algún modo, lo han encerrado, distanciado, predispuesto, alterando significativamente la apreciación que tiene del otro(a), más aún, quebrantando la convicción de que el apoyo y el cuidado mutuo son esenciales para sobrellevar esta crisis.

Ante esto, es imprescindible asumir que la pandemia, por sí misma, no marca el camino; son las personas, desde acciones concretas, por simples y pequeñas que sean, las que deben recorrer la senda cotidiana de esta realidad, es cada individuo el que debe formularse los modos y maneras de enfrentar esta nueva “normalidad” y la solidaridad es la clave.

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Por tanto, urge asumir la práctica solidaria, que inicia por el cuidado de sí, que va más allá del lavado frecuente de las manos y el uso correcto del tapabocas; ese cuidado debe comprenderse, primeramente, como una autoobservación, que implica reflexiones, lecturas, ejercicios de autocontrol, autocorrección, apostando por una mejora personal y luego como una práctica social referente al encuentro cercano y empático con el otro, contemplando su realidad con respeto, comprensión, apoyo, caridad, justicia, equidad. Sólo así, desde una solidaridad concreta y eficaz, cada uno desde sus posibilidades, se logra que este tiempo sea de crecimiento y vida y no de desolación y dolor.

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